No es menester, hijo mío, saber
mucho para agradarme; basta que me ames con fervor. Háblame sencillamente, como
hablarías al más íntimo de tus amigos, o a tu madre, o a tu
hermano.
I. ¿Necesitas hacerme en favor de alguien una súplica
cualquiera? Dime su nombre, bien sea el de tus padres, bien el de tus hermanos y
amigos: dime al punto qué quisieras hiciese actualmente por ellos. Pide mucho,
mucho; no vaciles en pedir; me gustan los corazones generosos, que llegan a
olvidarse en cierto modo de sí mismos para atender a las necesidades ajenas.
Háblame con sencillez, con llaneza, de los pobres a quienes quisieras consolar,
de los enfermos a quienes ves padecer, de los extraviados que anhelas volver al
buen camino, de los amigos ausentes que quisieras ver otra vez a tu lado. Dime
por todos una palabra de amigo, entrañable y fervorosa. Recuérdame que prometí
escuchar toda súplica salida del corazón, ¿y no ha de salir del corazón el ruego
que me dirijas por aquellos que tu corazón ama especialmente?
II.Y para ti ¿no necesitas alguna gracia? Hazme, si quieres,
una lista de tus necesidades y léela en mi presencia.
Dime francamente que sientes
soberbia, amor a la sensualidad y al regalo; que eres tal vez, egoísta,
inconsciente, negligente..., y pídeme luego que venga en ayuda de los esfuerzos,
pocos o muchos, que haces para sacudir de encima de ti tales
miserias.
No te avergüences, ¡pobre alma! ¡Hay
en el cielo tantos justos, tantos santos de primer orden, que tuvieron esos
mismos defectos! Pero rogaron con humildad..., y poco a poco se vieron libres de
ellos.
Ni menos vaciles en pedirme bienes
espirituales y corporales: salud, memoria, éxito feliz en tus trabajos, negocios
o estudios; todo eso puedo darlo, y lo doy, y deseo que me lo pidas en cuanto no
se oponga, antes favorezca y ayude a tu santificación. Por hoy, ¿qué necesitas?
¿Qué puedo hacer en tu bien? ¡Si supieras los deseos que tengo de favorecerte!
¿Traes ahora mismo entre manos algún proyecto? Cuéntamelo todo minuciosamente.
¿Qué te preocupa? ¿Qué piensas? ¿Qué deseas? ¿Qué quieres haga por tu hermano,
hermana, por tu amigo, por tu superior? ¿Qué desearías hacer por
ellos?
¿Y por mí? ¿No sientes deseos de mi
gloria? ¿No quisieras poder hacer algún bien a tus prójimos, a tus amigos, a
quienes amas mucho y que viven quizá olvidados de mí? Dime qué cosa solicita hoy
particularmente tu atención, qué anhelas más vivamente y con qué medios cuentas
para conseguirlo. Dime si te sale mal tu empresa, y Yo te diré las causas del
mal éxito. ¿No quisieras que me interesase algo en tu favor? Hijo mío, soy dueño
de los corazones, y dulcemente los llevo, sin perjuicio de su libertad, adonde
me place.
III. ¿Sientes acaso tristeza o mal humor? Cuéntame, cuéntame,
alma desconsolada, tus tristezas con todos sus pormenores. ¿Quién te hirió?
¿Quién lastimó tu amor propio? ¿Quién te ha despreciado? Acércate a mi Corazón,
que tiene bálsamo eficaz para curar todas esas heridas del tuyo. Cuéntamelo
todo, y acabarás en breve por decirme que, a semejanza de Mí, todo lo perdonas,
todo lo olvidas, y en pago recibirás mi consoladora bendición.
¿Temes por ventura? ¿Sientes en tu
alma aquellas vagas melancolías que, no por ser infundadas, dejan de ser
desgarradoras? Échate en brazos de mi Providencia. Contigo estoy; aquí, a tu
lado me tienes; todo lo veo, todo lo oigo, ni un momento te
desamparo.
¿Sientes desvío de parte de personas
que antes te quisieron bien, y ahora, olvidadas, se alejan de ti sin que les
hayas dado el menor motivo? Ruega por ellas, y yo las volveré a tu lado, si no
han de ser obstáculo a tu santificación.
IV. ¿Y no tienes tal vez alguna alegría que comunicarme?
¿Por qué no me haces partícipe de ella a fuer de buen amigo?
Cuéntame lo que desde ayer, desde la
última visita que me hiciste, ha consolado y hecho como sonreír tu corazón.
Quizá has tenido agradables sorpresas, quizá viste disipados negros recelos,
quizá recibiste faustas noticias, alguna carta o muestra de cariño; has vencido
alguna dificultad o salido de algún lance apurado. Obra mía es todo esto, y Yo
te lo he proporcionado: ¿por qué no has de manifestarme por ello tu gratitud y
decirme sencillamente, como hijo a su padre: ¡Gracias, Padre mío, gracias! El
agradecimiento trae consigo nuevos beneficios, porque al bienhechor le agrada
verse correspondido.
V. ¿Tampoco tienes alguna promesa que hacerme? Leo, ya lo
sabes, en el fondo de tu corazón. A los hombres se les engaña fácilmente, a Dios
no; háblame, pues, con toda sinceridad. ¿Tienes firme resolución de no exponerte
ya más a la ocasión aquella de pecado? ¿De privarte de aquel objeto que te dañó?
¿De no leer más aquel libro que avivo tu imaginación? ¿De no tratar más a la
persona que turbó la paz de tu alma? ¿Volverás a ser dulce, amable y
condescendiente con aquella otra a quien, por haberte faltado, has mirado como
enemiga?
Ahora bien, hijo mío: vuelve a tus
ocupaciones habituales; al taller, a la familia, al estudio...; pero no olvides
los quince minutos de grata conversación que hemos tenido aquí los dos, en la
soledad del santuario. Guarda en cuanto puedas silencio, modestia, recogimiento,
resignación, caridad con el prójimo. Ama a mi Madre, que lo es también tuya, y
vuelve otra vez mañana con el corazón más amoroso, más entregado a mi servicio.
En mi Corazón hallarás cada día nuevo amor, nuevos beneficios, consuelos
nuevos. |